Wednesday, October 01, 2008

Braulio, vení para acá.

Subo las escaleras que me conducen nuevamente al “mundo exterior”. En el ascenso, escucho esa frase retumbar en mis oídos. La voz pertenece a una mujer de unos 30/35 años. Sus gritos se oyen desesperados. “Braulio, vení para acá”, repite una y otra vez, hasta que el destinatario del mensaje lo escucha y hace lo que se le ordena.

En ese regresar a la superficie, luego de un cotidiano viaje por los submundos porteños, escuchaba la voz, pero no lograba ubicar con la mirada al destinatario de tan desesperado mensaje. Mi mente imaginó a un señor grande, un anciano, que quizás no podía movilizarse bien por sus propios medios y en un acto de tardía rebeldía se había separado de su hija, quien lo llamaba para volver a tomarlo de la mano y continuar caminando. Pero para mi sorpresa, no se trataba de una persona mayor. Costó divisarlo a Braulio, pero allí estaba. Con su verde delantal de jardín de infantes, su diminuta figura se perdía entre la multitud. Rebelde precoz, que había huido de las manos protectoras de su madre en busca de libertades no otorgadas en la vía pública.

Y este fugaz encuentro con el pequeño Braulio me llevó a pensar en los nombres y las edades de las personas. Porque hay nombres “de viejo” o nombres que tuvieron su época dorada décadas atrás y que por el paso del tiempo y el cambio de costumbres “pasaron de moda” y fueron reemplazados por otros, algunos nuevos y otros que quizás tenían mala fama (?) o simplemente no eran de los predilectos a la hora de elegir los nombres.

Porque cuando pensé en Braulio, por ejemplo, a la cabeza me vino la imagen de un señor grande. Otros casos similares, podrían ser un Roberto, Héctor, Osvaldo, Emilio, Eugenio, Rodolfo, Carlos, Domingo (dicho sea de paso, acá en el laburo hay uno que se llama así, es para destacar porque no es tan común), y tantos otros que seguramente ustedes agregarán en los comentarios, o no.

Varios factores influyen, o han influido históricamente, a la hora de elegir los nombres. Algunos se ven atraídos por la fama pasajera de algún actor de telenovelas, o de su personaje, o de algún deportista (Guillermo, Carlos, Diego, entre los más conocidos, veremos si Lionel logra imponerse, no lo veo bien perfilado), o de algún cantante, en fin. Otros casos también están relacionados con la fama pero más que con la fama en sí con el fanatismo hacia alguna persona o personaje en cuestión, sin que necesariamente el portador de ese nombre esté efectivamente brillando en la televisión, el deporte, o el mundo de la canción. “Mi viejo me puso Hugo Orlando porque era fana del Loco Gatti”, puede ser un ejemplo de esto, o el “Diego Armando”, de Barrado, ex jugador riverplatense.

Otro clásico a la hora de elegir nombres es que el niño herede el nombre de su padre o su madre, como primera opción. Porque en caso de tener más de un hijo, pasan a ser considerados los nombres de los tíos, tías, padrinos, o abuelos del ser próximo a nacer.

Hace un tiempito, sobre todo entre los famosos (o al menos son los casos que nos enteramos) algunos, queriendo pasarse de originales, por creencias, o por hacerse el “soy re fashion y le pongo a mi hijo un nombre poco común, difícil de pronunciar y con su propio significado que va a tener que explicar cada vez que mencione su nombre por primera vez ante una persona”, lo que ha hecho aparecer en el candelero nombres “extraños”, muchos de los cuales tienen origen aborigen: Ayelén (clásico), o el extraordinario Iracema --> que proviene de la miel, por citar otro ejemplo. El último caso conocido entre los famosos es el de la hija de Valeria Mazza, que le puso Taína a su beba, supongo yo que por la afección del señor Gravier a aquel pueblo indígena que habitó el territorio que hoy conocemos como Venezuela.

Alguno dirá “che, pero todos los nombres significan algo, provienen de algún lado, tienen su propia y rica historia”, a lo cual responderé: “Sí, sí, claro, pero yo destaco los nombres de origen aborigen (por citar un caso) porque son menos comunes y la gente no está tan familiarizada ni a su historia ni a escucharlos, y al tener estas características despiertan mayor curiosidad que los nombres más tradicionales”.

Otro factor que muchas veces incide en la elección del nombre tiene que ver con la extensión del apellido. Si el mismo es corto, el nombre debería seguir los mismos lineamientos, o no, otros dicen que tiene que ser al revés. Y más allá de la extensión algunos tienen en cuenta el “como suena”, X con Y, qué te parece? Y así van probando diferentes nombres hasta dar con el indicado.

Otra cuestión a evaluar es si “le ponemos uno o dos nombres, a mí me parece que con uno alcanza y sobra”, “sí, pero acordate que le prometimos al tío Horacio que nuestro segundo hijo llevaría su nombre”. “Y bueno, le podemos poner Horacio y listo”. “Sí, tenés razón pero me complicás el relato porque ahora estoy en la parte en la cual hablo de los que tenemos dos nombres”. “Ah, bueno, perdón mi amor”. En mi caso particular puedo contar que tanto yo como mis hermanos llevamos dos nombres pero conozco muchos casos de seres humanos que llevan sólo uno, lo cual no les impide llevar una vida normal, claro.

[Párrafos incluidos en el original escrito allá por el mes de mayo que luego no nos pareció publicable pero que de todas maneras lo publicamos pero con esta advertencia]

Todo esta reflexión que hice durante ese ascenso, y el fugaz encuentro con Braulio, me llevó a lucubrar la siguiente brillante idea.

No sería bueno que en el Registro Civil uno tenga la opción de anotar a su hijo con un nombre para que utilice hasta los 7/10 años, y otro para luego de cumplida esa edad? Así se evitaría cargadas, preguntas tontas acerca de su nombre y demás incomodidades que puedan surgir.

“Mire, usted tiene que elegir un nombre para que el chico utilice hasta determinada edad, y luego él tiene la posibilidad de pasar a utilizar su segundo nombre cuando sea grande. Pero no lo castigue con un nombre de “viejo” siendo que recién nació. Déjele a él la chance de elegir si utiliza o no ese segundo nombre que le puso usted, señora”.

Seguramente sería complicado y hasta confuso aplicarlo en la realidad. Sobre todo el comunicarle a los conocidos que uno pasa de llamarse Braulio para convertirse en Bautista, por ejemplo, que hoy por hoy es uno de los nombres en boga. Además, con el paso del tiempo, todos los nombres se volverían “viejos” o pasados de moda, con lo cual se irían cambiando todo el tiempo. Más allá de que algunos son “clásicos”, y se sabe, los clásicos jamás pasan de moda (?).

[Fin de los Párrafos incluidos en el original escrito allá por el mes de mayo que luego no nos pareció publicable pero que de todas maneras lo publicamos pero con esta advertencia]

En fin... cosas sobre las cuales uno divaga.

Saludos.
SirThomas.

8 comments:

Anonymous said...

Me encantó este artículo
Papá

SirThomas said...

Gracias Rocky, me alegro.

Saludos.

Fede said...

Gran comienzo, me re atrapó :)

SirThomas said...

Bárbaro.

Saludos.

César said...

Yo me llamo "César" por Menotti, mi viejo es fana de él y exigió (?) ponerme el nombre. El "Emilio" de mi segundo nombre vino de mi vieja, por suerte no sabía quién era Emilio Disi (?), pero el nombre le gustaba cómo sonaba, por eso me lo puso.

Abrazo!

SirThomas said...

Muy bien 10, César. Excelente respuesta.

Saludos.

Sr. Zero said...

Yo zafé del "Luis" y el "Emilio" que se venian transmitiendo de generacion en degeneracion (?) en mis ancestros por la rama paterna y materna respectivamente.

SirThomas said...

Valiente testimonio Sr. Zero. Sabíamos que usted era el diferente de su familia (?).

Saludos.